¿Y si sí?
- Angélica

- hace 5 días
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El Mundial terminó para México, pero quizá comenzó algo mucho más importante.
Hubo un momento, ayer, en el que millones de mexicanos dejamos de respirar.
El reloj seguía avanzando. Cada pase parecía más importante que el anterior. Cada recuperación del balón hacía que miles de personas se levantaran del sillón. Cada disparo provocaba un silencio colectivo seguido de un suspiro. No importaba si estábamos en el Estadio Azteca, reunidos con la familia, en un restaurante lleno de desconocidos que por noventa minutos parecían amigos de toda la vida, o viendo el partido desde la pantalla de un celular durante el trabajo. Durante noventa minutos ocurrió algo extraordinario. Volvimos a creer.
Al final, el marcador no estuvo de nuestro lado. México quedó eliminado del Mundial tras caer 3 2 frente a Inglaterra en un partido que se definió por detalles. Sin embargo, quienes lo vimos sabemos que la historia no cabe en un resultado. México dominó buena parte del encuentro: tuvo cerca del 67 % de la posesión del balón, realizó 20 disparos frente a 9 del rival y generó más oportunidades de peligro de las que muchos esperaban antes del partido. Las estadísticas reflejan un equipo que no salió a defenderse del destino, sino a disputarlo. Y, curiosamente, eso fue lo que más nos conmovió. No fue solamente el fútbol. Fue la posibilidad. Porque durante semanas escuchamos la misma historia. Que no alcanzábamos. Que Inglaterra era muy superior.
Que el techo de México ya estaba definido. Que, tarde o temprano, romperían la suerte del azteca. Era la narrativa conocida. La que tantas veces hemos repetido como país. La de conformarnos antes de empezar. La de asumir que los grandes logros pertenecen a otros. Pero ayer ocurrió algo distinto. Los once jugadores que saltaron a la cancha no parecían haber escuchado esa conversación: corrieron, presionaron, se equivocaron, volvieron a levantarse, atacaron y , sobre todo, jugaron como quien todavía cree que una historia puede cambiar.
Quizá por eso dolió tanto la derrota. No porque hubiéramos perdido un partido.
Sino porque durante noventa minutos imaginamos una realidad distinta. Y esa sensación vale mucho más de lo que solemos reconocer: Que hay algo profundamente humano en el deporte. Nos recuerda que el futuro nunca está completamente escrito. Por eso seguimos viendo finales imposibles. Por eso celebramos remontadas. Por eso lloramos con equipos cuyos jugadores probablemente nunca conoceremos. No es el uniforme lo que defendemos. Es la esperanza. El fútbol tiene una capacidad extraordinaria para suspender, aunque sea por un instante, el cinismo con el que solemos vivir. Durante un Mundial dejamos de pensar como individuos y empezamos a sentir como comunidad. Nos abrazamos con desconocidos. Cantamos el himno con un orgullo distinto. Dejamos de preguntar de qué partido político es el de al lado, cuánto gana, dónde estudió o en qué cree. Durante noventa minutos solamente importa una pregunta: ”¿Será posible?” Y cuando esa pregunta aparece, ocurre algo maravilloso. Volvemos a creer juntos. Lo curioso es que esa versión de nosotros mismos casi siempre desaparece cuando termina el partido.
El lunes volvemos a decir que “en México no se puede”. Que aquí nadie respeta las reglas. Que los buenos terminan yéndose. Que el talento no alcanza. Que la corrupción siempre gana. Que emprender aquí es imposible. Que estudiar ya no sirve. Que la política no tiene remedio. Que soñar demasiado es ingenuo.
Como si la esperanza tuviera fecha de caducidad, como si solamente pudiéramos creer cada cuatro años. Tal vez por eso la pregunta que más se quedó conmigo después del partido no tuvo nada que ver con el fútbol. Fue otra. Una mucho más incómoda. ¿Y si sí? ¿Y si sí pudiéramos convertir esa energía colectiva en algo más grande que una victoria deportiva? ¿Y si sí dejáramos de reservar nuestra fe únicamente para los estadios?
¿Y si esa misma emoción con la que gritamos un gol pudiera convertirse en la forma en la que construimos un país? Porque quizá el verdadero aprendizaje de este Mundial no está en el marcador. Está en la capacidad que todavía tenemos para ilusionarnos y eso cambia todo. Vivimos en una época que premia el escepticismo. Parece más inteligente quien encuentra defectos que quien propone soluciones. Nos hemos acostumbrado tanto a señalar lo que no funciona que, poco a poco, dejamos de imaginar lo que sí podría funcionar. Criticar se volvió una forma de demostrar inteligencia. Creer empezó a verse como ingenuidad.
Sin darnos cuenta, convertimos el “no se puede” en una especie de identidad nacional. Lo repetimos tanto que dejamos de cuestionarlo. Pero las sociedades no avanzan porque alguien dijo que era imposible. Avanzan porque alguien hizo exactamente la pregunta contraria. ¿Y si sí ¿Y si sí creyéramos en la educación? No como un discurso de campaña. No como una promesa sexenal.
Sino como la herramienta más poderosa que existe para cambiar el destino de un país.
Los países que hoy admiramos no llegaron ahí por casualidad. Invirtieron durante décadas en formar personas antes que edificios. Comprendieron que una buena escuela produce mucho más que profesionistas: produce ciudadanos capaces de resolver problemas, innovar, convivir y construir instituciones más sólidas.
En México solemos preguntarnos por qué no generamos más innovación, más empresas tecnológicas o más descubrimientos científicos. Quizá también deberíamos preguntarnos cuánto estamos dispuestos a invertir en quienes algún día podrían lograrlos.
Nuestro país destina alrededor del 0.5 % de su Producto Interno Bruto a investigación y desarrollo, mientras que el promedio de los países de la OCDE supera el 2.3 %.²
La diferencia parece pequeña escrita en una hoja. Pero representa miles de millones de pesos en laboratorios que nunca se construyen, becas que nunca llegan, investigaciones que nunca comienzan y talentos que, tarde o temprano, terminan buscando oportunidades lejos de casa.
Después nos preguntamos por qué otros países innovan más. Quizá porque decidieron creer antes de ver resultados.
¿Y si sí admiráramos a un maestro con la misma pasión con la que admiramos a un goleador Pensemos por un momento en esto. Durante un Mundial sabemos perfectamente quién anotó más goles, quién dio más asistencias, quién fue elegido el mejor jugador del partido.
¿Podríamos responder con la misma rapidez quién ganó el Premio Nacional de Ciencias? ¿Quién recibió el reconocimiento al mejor docente del país? ¿Quién desarrolló una tecnología mexicana que hoy salva vidas? No es una crítica. Es una invitación. Celebramos aquello que decidimos mirar. Y aquello que celebramos termina convirtiéndose en ejemplo para las siguientes generaciones. Los niños sueñan con aquello que ven reconocido. Si queremos científicos, necesitamos celebrar científicos. Si queremos grandes maestros, necesitamos reconocer maestros. Si queremos ingenieros extraordinarios, necesitamos contar sus historias.
Porque ningún niño nace pensando que su sueño es imposible. Aprende a pensarlo. Cuando dejamos de creer en quienes educan, no solamente afectamos a una profesión. Afectamos a todas. Porque detrás de cada médico hubo un maestro. Detrás de cada ingeniero hubo un profesor de matemáticas. Detrás de cada escritor hubo alguien que le enseñó a leer. Detrás de cada emprendedor hubo alguien que un día le dijo que era capaz. La educación nunca aparece en las fotografías de las grandes victorias. Pero siempre estuvo ahí mucho antes de que ocurrieran. Y quizá esa sea la mayor lección de todas. Los grandes resultados casi nunca empiezan donde la gente está mirando. Empiezan mucho antes. En silencio. En un salón de clases. En una biblioteca. En una conversación. En alguien que decidió creer cuando todavía no había razones para hacerlo.

¿Y si sí creyéramos en nuestros ingenieros?
Hay una escena que se repite todos los días y casi nunca la notamos. Un automóvil ensamblado en México cruza una frontera rumbo a otro país. Un dispositivo médico diseñado con participación de ingenieros mexicanos llega a un hospital. Una pieza aeroespacial fabricada en Querétaro termina formando parte de un avión que cruzará continentes. Y, sin embargo, seguimos diciendo que “en México no hacemos tecnología”.
La realidad cuenta otra historia. México es uno de los principales exportadores mundiales de manufactura avanzada. Es un actor clave en la industria automotriz, aeroespacial, electrónica y de dispositivos médicos. Detrás de esas cifras hay miles de ingenieros, técnicos, investigadores y trabajadores mexicanos resolviendo problemas complejos todos los días. Entonces, ¿por qué seguimos dudando de nosotros? Quizá porque durante demasiado tiempo confundimos fabricar con crear.
Nos acostumbramos a celebrar que las grandes empresas vinieran a instalarse aquí, pero pocas veces nos preguntamos cuándo seríamos nosotros quienes construiríamos las siguientes grandes empresas del mundo. ¿Y si sí? ¿Y si el próximo referente mundial en inteligencia artificial, energía limpia, biotecnología o movilidad naciera en México? No porque sea un milagro. Sino porque decidimos invertir en quienes podían hacerlo. Porque el talento nunca ha sido nuestro problema. El verdadero problema ha sido creer que siempre debemos esperar a que alguien más innove primero.
¿Y si sí creyéramos en nuestros científicos?
Cada vez que un mexicano obtiene reconocimiento internacional solemos reaccionar igual. “¡Mira, un mexicano triunfando en el extranjero!”Nos llena de orgullo. Pero también debería hacernos una pregunta incómoda. ¿Por qué tuvo que irse? México cuenta con investigadores extraordinarios. Médicos que desarrollan tratamientos innovadores. Biólogos que estudian ecosistemas únicos. Matemáticos reconocidos internacionalmente. Astrónomos que colaboran con algunos de los proyectos científicos más importantes del planeta. El problema no es la ausencia de talento. Es que muchas veces les pedimos competir en condiciones profundamente desiguales.
Mientras los países de la OCDE invierten, en promedio, más del cuatro veces lo que México destina a investigación y desarrollo como porcentaje de su economía, nuestros científicos siguen haciendo mucho con muy poco. Y aun así producen conocimiento. Imagina por un momento lo que ocurriría si dejáramos de ver la ciencia como un gasto y comenzáramos a verla como una inversión.
Porque ningún país desarrolla vacunas, tecnología, energías limpias o inteligencia artificial esperando que alguien más lo haga primero. Lo hace porque cree que puede hacerlo.
¿Y si sí creyéramos en quienes emprenden?
Hay algo curioso. Cuando una empresa extranjera abre operaciones en México, solemos celebrarlo. Cuando un mexicano quiere construir una empresa global, muchas veces lo primero que escucha es: “Eso aquí no va a funcionar.” “Ya hay empresas mejores.” ”¿Quién te crees?” Curiosamente, muchas de las empresas que hoy admiramos comenzaron escuchando exactamente esas mismas frases. Todas las grandes compañías fueron, alguna vez, una idea que parecía demasiado grande. Amazon. Mercado Libre. Tesla. Airbnb. Ninguna nació siendo gigante. Nacieron porque alguien decidió responder una sola pregunta. ¿Y si sí?
Imagina un país donde los jóvenes no crecieran pensando únicamente en encontrar un empleo. Sino también en crear oportunidades para otros. Un país donde el fracaso no fuera motivo de vergüenza. Sino parte del aprendizaje. Donde cerrar una empresa no significara el final de una carrera. Sino el comienzo de una mejor. Porque emprender no es solamente abrir negocios. Es aprender a resolver problemas. Y los países que resuelven problemas terminan construyendo mejores futuros.
¿Y si sí exigiéramos más de nuestra política?
Aquí quiero hacer una pausa. Porque este artículo no trata de colores. No trata de partidos. No trata de ideologías. Trata de ciudadanos. Durante un Mundial discutimos tácticas. Analizamos estrategias. Criticamos decisiones. Pedimos resultados. Y lo hacemos porque sabemos que representar a un país implica una enorme responsabilidad. ¿Por qué no esperamos exactamente lo mismo de quienes toman decisiones que afectan nuestra educación, nuestra economía, nuestra seguridad y nuestra salud? No necesitamos creer ciegamente en los políticos.
Necesitamos dejar de conformarnos. La democracia no mejora únicamente porque existan elecciones.
Mejora cuando existen ciudadanos que hacen preguntas. Que leen. Que comparan. Que participan. Que entienden que el país no cambia cada seis años. Cambia todos los días. Con millones de pequeñas decisiones.
Pero quizá la pregunta más importante sea otra.
¿Y si sí creyéramos en nosotros mismos? No en abstracto. En nosotros. En la persona que está leyendo esto. ¿Cuántas veces has dejado de mandar una solicitud de empleo porque pensaste que no eras suficiente? ¿Cuántas veces guardaste una idea en un cajón porque alguien te dijo que era imposible? ¿Cuántas veces dejaste de escribir, emprender, estudiar, cambiar de ciudad, aprender otro idioma o empezar un proyecto porque imaginaste el fracaso antes que la posibilidad? Todos conocemos esa voz. La que dice: “No eres tan bueno.” “No va a salir.” “Hay gente mucho más preparada.” ”¿Para qué intentarlo?” Tal vez esa voz nunca desaparezca.
Pero tampoco desaparecen los partidos difíciles y aun así se juegan. Eso fue lo que nos enseñó ayer la Selección Mexicana. Que vale la pena salir a competir incluso cuando las probabilidades parecen estar en contra. Porque el resultado nunca depende solamente del talento. También depende del coraje de intentarlo. Hay una frase atribuida al escritor francés Marcel Proust que dice: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” Quizá eso sea exactamente lo que necesitamos como país. No otro territorio. No otra bandera. No otro himno. Sino una nueva manera de mirarnos.
Porque México no necesita convencer al mundo de que tiene talento. Necesita convencerse a sí mismo. Necesita dejar de sorprenderse cada vez que un mexicano triunfa. Necesita asumir que eso puede ser la regla y no la excepción. Necesita dejar de decir “para ser México, no está mal.” Y empezar a decir simplemente: “Esto está a la altura del mundo.” Porque lo está. Ayer México quedó eliminado. Eso nadie puede cambiarlo. Pero quizá ayer ocurrió algo mucho más importante que un resultado deportivo. Durante noventa minutos recordamos cómo se siente creer.
Y esa sensación puede durar mucho más que un Mundial. Ahora imagina por un momento qué pasaría si esa misma energía no apareciera solamente cada cuatro años. Imagina que creyéramos así en los maestros que forman generaciones. En los ingenieros que diseñan el futuro. En los científicos que hacen preguntas que nadie más se atreve a hacer. En los médicos que salvan vidas. En los emprendedores que deciden quedarse. En los artistas que cuentan quiénes somos. En los jóvenes que todavía no descubren de lo que son capaces. Imagina que dejáramos de repetir que “en México no se puede.”
Porque quizá el problema nunca ha sido la falta de talento. Quizá el verdadero rival siempre fue el escepticismo. Esa voz que nos convence de no intentarlo. Esa costumbre de admirar únicamente lo que viene de fuera mientras ignoramos lo extraordinario que ya existe aquí.
Los países no cambian el día que ganan una Copa del Mundo. Cambian el día que su gente decide creer que merece construir algo más grande que una victoria deportiva. Y tal vez ese sea el verdadero legado de este Mundial. No que México estuvo cerca. Sino que volvió a recordarnos algo que nunca debimos olvidar. Que somos capaces. Que siempre lo hemos sido. Solo hacía falta volver a creer. Porque todas las grandes transformaciones de la historia comenzaron exactamente igual. Con una idea. Con una decisión. Con una persona que se negó a aceptar que las cosas tenían que seguir siendo como eran. Con alguien que hizo una pregunta aparentemente sencilla. Una pregunta que puede cambiar una vida, una empresa, una comunidad… incluso un país. ¿Y si sí?
Porque quizá el próximo gran triunfo de México no se levante en un estadio. Quizá se construya en un salón de clases. En un laboratorio. En un taller. En una pequeña empresa. En una biblioteca. En una conversación entre un padre y su hija. En un joven que decide no abandonar sus sueños. En una maestra que inspira a una generación. En un científico que encuentra una respuesta. En un ingeniero que diseña lo que nadie había imaginado. O quizá… Empiece exactamente aquí. En el momento en que tú termines de leer estas líneas y decidas creer un poco más en ti. Porque los mundiales duran unas semanas. Pero los países… Los países se construyen todos los días, ese partido, el más importante de todos y todavía no termina.
Referencias
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FIFA. (2026). FIFA World Cup 2026. https://www.fifa.com/en/tournaments/mens/worldcup/canadamexicousa2026, Julio 2026
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2019). Higher Education in, Mexico. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264309432-en, Julio 2026
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2025). Main Science and Technology Indicators. https://www.oecd.org/en/data/datasets/main-science-and-technology-indicators.html, Julio 2026
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2021). UNESCO Science Report: The Race Against Time for Smarter Development. UNESCO Publishing. https://unesdoc.unesco.org, Julio 2026
Banco Mundial. (2025). Research and development expenditure (% of GDP). https://data.worldbank.org/indicator/GB.XPD.RSDV.GD.ZS, Julio 2026
INEGI. (2025). Estadísticas de ciencia, tecnología e innovación. https://www.inegi.org.mx/temas/investigacion/, Julio 2026






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