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El pasado debería ser una escuela, no una dirección

La educación no debería enseñarnos únicamente a recordar lo que ocurrió, sino a imaginar lo que todavía puede ocurrir.

Hay una pregunta que me parece incómoda, pero necesaria: ¿Cuánto de nuestro futuro estamos construyendo realmente y cuánto estamos repitiendo simplemente porque es lo único que conocemos?

Lo hacemos como personas. Lo hacemos como familias. Lo hacemos como instituciones. Y también lo hacemos en la educación. Repetimos métodos porque “siempre se ha hecho así”. Evaluamos de determinada manera porque así nos evaluaron. Conservamos estructuras que pertenecen a otro momento histórico y después nos preguntamos por qué las nuevas generaciones parecen no encontrar respuestas suficientes dentro de ellas.


Pero quizá existe una pregunta todavía más profunda: ¿Cómo vamos a construir un futuro diferente si seguimos utilizando el pasado como manual de instrucciones?

El pasado importa. Nos explica, nos enseña, nos permite reconocer errores, comprender decisiones y conservar aquello que merece permanecer. Pero una cosa es aprender del pasado y otra completamente distinta es seguir viviendo dentro de él y esa diferencia no es solamente filosófica, también tiene respaldo científico.


El cerebro mira hacia atrás para poder mirar hacia adelante

Durante mucho tiempo hemos pensado en la memoria como una especie de archivo, algo parecido a una biblioteca interna donde almacenamos acontecimientos y después regresamos a consultarlos. La realidad es mucho más fascinante. La investigación en neurociencia cognitiva ha mostrado que nuestra capacidad de recordar el pasado está profundamente relacionada con nuestra capacidad de imaginar escenarios posibles y anticipar el futuro. Pensamos en experiencias anteriores, combinamos fragmentos de información y construimos posibilidades que todavía no existen.

En otras palabras: recordamos, entre otras cosas, para poder imaginar. Incluso el pensamiento contra factual, ese famoso “¿qué habría pasado si...?”, puede cumplir una función adaptativa. Investigaciones sobre counterfactual thinking han mostrado que imaginar alternativas a acontecimientos pasados puede ayudarnos a modificar comportamientos, establecer nuevas intenciones y tomar mejores decisiones posteriormente.

El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos: “¿Qué puedo aprender de aquello?”

y comenzamos a preguntarnos infinitamente: “¿Por qué ocurrió aquello?” sin que la respuesta produzca ninguna acción nueva.


Ahí dejamos de reflexionar y podemos comenzar a rumiar.

La literatura psicológica lleva décadas estudiando la rumiación: formas repetitivas de pensamiento que pueden convertirse en ciclos poco constructivos cuando son negativas, abstractas y desconectadas de acciones concretas. La investigación de Edward Watkins, de la Universidad de Exeter, ha señalado precisamente que el pensamiento repetitivo no es necesariamente malo: lo importante es cómo pensamos, para qué pensamos y qué hacemos después con aquello que pensamos.

Esta distinción me parece extraordinariamente importante. Porque significa que la solución no es olvidar. La solución es transformar el recuerdo en aprendizaje.


Pensemos en dos estudiantes. Los dos reprueban un examen. El primero recibe su calificación y concluye: “Soy malo para matemáticas.” El segundo recibe exactamente la misma calificación y piensa: “No entendí estos temas. Necesito cambiar mi estrategia.” Mismo pasado. Mismo resultado. Dos futuros potencialmente distintos. La diferencia no está en lo que ocurrió.

Está en la interpretación que cada uno construyó sobre lo ocurrido.

Aquí aparece uno de los conceptos más conocidos de la psicología educativa contemporánea: la mentalidad de crecimiento.

En 2019, un enorme experimento publicado en Nature estudió una muestra nacional de estudiantes de secundaria en Estados Unidos. Una intervención en línea de menos de una hora diseñada para enseñar que las capacidades intelectuales pueden desarrollarse produjo mejoras académicas entre estudiantes de menor rendimiento y también aumentó la inscripción general en cursos avanzados de matemáticas.

El resultado tiene matices importantes, el contexto escolar y las normas entre compañeros también importaron, pero nos deja una idea poderosa: cuando una persona deja de interpretar su desempeño anterior como una consecuencia definitiva, aparecen nuevas posibilidades de comportamiento.

La OCDE llegó a una conclusión similar al analizar evidencia de PISA 2022. Su informe de 2025 señala que creer en la posibilidad de crecer está relacionado con resultados positivos de aprendizaje, aunque advierte algo fundamental: creer no basta. Los estudiantes necesitan oportunidades reales, acompañamiento, buenos entornos educativos y posibilidades concretas de progresar.

Y esto cambia completamente la conversación. No basta decirle a un joven: “Puedes lograrlo.”

También necesitamos construir un sistema que le responda: “Y vamos a ayudarte a descubrir cómo.” Tal vez estamos enseñando demasiado pasado y demasiado poco futuro Una parte importante de la educación tradicional está construida alrededor del pasado. Memorizamos fechas. Estudiamos acontecimientos. Revisamos teorías desarrolladas décadas o siglos atrás. Aprendemos fórmulas descubiertas por otras personas. Y todo eso importa. El problema no es estudiar el pasado. El problema aparece cuando la educación termina ahí.


Porque un estudiante también debería salir de un salón de clases sabiendo preguntarse:

¿Qué problema todavía no hemos resuelto?

¿Qué podría hacerse diferente?

¿Qué pasaría si esta teoría dejara de funcionar?

¿Qué necesita mi comunidad dentro de diez años?

¿Qué profesión podría existir cuando yo tenga cuarenta?

¿Qué puedo construir con lo que acabo de aprender?


UNESCO advertía recientemente que los cambios radicales en la manera en que vivimos, trabajamos y aprendemos están obligando a los sistemas educativos a adaptarse rápidamente. Al revisar veinticinco años de evolución del derecho a la educación, la organización sostiene que la educación continúa siendo uno de los instrumentos fundamentales para el progreso social, pero necesita responder a un mundo en transformación.


Entonces quizá necesitamos hacer una pequeña revolución en nuestras aulas:

dejar de utilizar el conocimiento únicamente para explicar el mundo que existió y comenzar a utilizarlo para diseñar el mundo que podría existir.


Hay una idea dentro de la investigación educativa que me encanta: productive failure, o fracaso productivo.

Manu Kapur ha investigado durante años algo aparentemente contradictorio: fracasar inicialmente al intentar resolver un problema puede, bajo ciertas condiciones educativas, preparar a los estudiantes para aprender posteriormente con mayor profundidad.

Es decir: equivocarse primero no necesariamente significa aprender menos.

A veces puede significar estar preparándonos para comprender mejor después.

Kapur ha señalado que aprendizaje y desempeño inmediato no son exactamente lo mismo. Algo que produce buenos resultados rápidamente no necesariamente genera el aprendizaje más profundo a largo plazo.


Un estudio realizado con estudiantes universitarios de biología encontró precisamente beneficios de una estrategia de productive failure: los alumnos intentaban primero resolver problemas complejos y posteriormente trabajaban sobre las soluciones expertas. Los beneficios fueron particularmente relevantes entre estudiantes de menor desempeño y persistieron hasta el examen final.

Esto debería hacernos reconsiderar muchas cosas.

Porque hemos construido una cultura educativa obsesionada con evitar el error.

Una respuesta incorrecta recibe una cruz roja.

Una materia reprobada se convierte en vergüenza.

Un estudiante que tarda más puede comenzar a pensar que simplemente “no sirve para eso”. Y quizá estamos desperdiciando uno de los materiales educativos más valiosos que tenemos:

nuestros errores.

¿Qué pasaría si después de cada examen no preguntáramos solamente “cuánto sacaste”, sino también: “¿Qué aprendiste de lo que no supiste responder?”

Entonces esa hoja reprobada dejaría de ser únicamente evidencia del pasado.

Podría convertirse en un mapa para el futuro.


México tiene enormes desafíos educativos y muchas veces nuestras conversaciones terminan atrapadas en el diagnóstico. Que nuestro sistema históricamente ha tenido desigualdades. Que existen brechas educativas. Que determinadas reformas no funcionaron. Que antes se enseñaba mejor. Que antes había más disciplina. Que los jóvenes de ahora ya no quieren aprender. Que la tecnología está arruinando la educación. Que la inteligencia artificial terminará haciendo todo.


Pero explicar cómo llegamos hasta aquí no puede convertirse en excusa para quedarnos aquí.

Un país también puede vivir atrapado en su pasado. Una universidad puede hacerlo. Una escuela puede hacerlo. Una familia puede hacerlo. Incluso una generación completa puede hacerlo. La nostalgia puede ser reconfortante, pero ningún país ha construido su futuro intentando regresar permanentemente a una época anterior.

Necesitamos conservar lo que funcionó. Corregir lo que falló y atrevernos a construir aquello que todavía no hemos probado.

Existe además otra capacidad humana extraordinaria: podemos imaginar acontecimientos que todavía no han sucedido. Investigaciones recientes continúan estudiando el llamado episodic future thinking: la capacidad de simular mentalmente posibles experiencias futuras. Un estudio publicado en 2026 con estudiantes universitarios analizó cómo este tipo de pensamiento puede favorecer la memoria prospectiva, es decir, nuestra capacidad para recordar realizar acciones que tendremos que ejecutar posteriormente.

Me parece maravilloso. Porque significa que nuestra mente no solamente puede reconstruir ayer. También puede ensayar mañana y quizá deberíamos aprovechar mucho más esa capacidad dentro de la educación. Preguntarle a un niño qué quiere resolver a un adolescente qué mundo imagina. A un universitario qué problema de su comunidad podría transformar.

No solamente: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Sino: “¿Qué quieres que sea diferente porque tú exististe?” Esa pregunta cambia todo. Porque una profesión deja de convertirse únicamente en una forma de ganarse la vida. Y comienza a convertirse en una herramienta para participar en la construcción del futuro.

Quizá hemos hablado del futuro como si fuera un lugar al que eventualmente llegaremos. “El futuro de la educación.” “El futuro del trabajo.” “El futuro de México.” “El futuro de los jóvenes.” Pero el futuro no aparece mágicamente una mañana. Se construye silenciosamente con las decisiones que tomamos hoy. Con el profesor que decide cambiar una dinámica. Con el estudiante que vuelve a intentarlo. Con la universidad que cuestiona un modelo antiguo.

Con el investigador que se atreve a hacer una pregunta diferente.

Con el joven que decide que la historia de su familia explica de dónde viene, pero no necesariamente determina hasta dónde puede llegar. Y también con cada persona que alguna vez observa su propia historia y comprende algo fundamental: no somos únicamente aquello que nos ocurrió.

También somos aquello que decidimos construir después. Por eso quizá la educación del futuro no debería enseñarnos a olvidar el pasado. Todo lo contrario. Necesitamos conocerlo. Necesitamos estudiarlo. Necesitamos comprenderlo. Necesitamos honrarlo cuando corresponda y necesitamos aprender de él. Pero después tenemos que hacer algo todavía más difícil: soltarle la mano.

Porque llega un momento en que mirar constantemente hacia atrás deja de enseñarnos hacia dónde ir. Y entonces tenemos que levantar la mirada. Tal vez educar sea precisamente eso.

Enseñarle a alguien que puede mirar una hoja llena de errores sin creer que él mismo es un error.

Que puede observar una mala decisión sin convertirla en identidad. Que puede reconocer la historia de su comunidad sin asumir que está condenado a repetirla. Que puede conocer los problemas de su país y aun así imaginar soluciones. Que puede aprender de quien fue sin renunciar a quien todavía podría convertirse. Porque el pasado puede darnos contexto. Puede darnos experiencia. Puede darnos memoria. Puede incluso darnos sabiduría. Pero solamente el presente puede darnos acción. Y solamente nuestras acciones pueden construir aquello que todavía no existe. Así que quizá la pregunta con la que deberíamos comenzar esta semana no sea: “¿Qué habría pasado si hubiera hecho las cosas diferente?” Quizá sea una mucho más poderosa: “Ahora que sé lo que sé, ¿qué voy a hacer diferente?”


Porque mientras sigamos intentando corregir un ayer que ya terminó, estaremos utilizando nuestra energía en el único lugar donde ya no tenemos poder. El futuro, en cambio, todavía está esperando. Y quizá la educación tenga una de sus responsabilidades más hermosas precisamente ahí: enseñarnos que nuestra historia merece ser comprendida, pero nuestro futuro todavía merece ser escrito.


Referencias

  1. Kapur, M. (2016). Examining productive failure, productive success, unproductive failure, and unproductive success in learning. Educational Psychologist, 51(2), 289–299. https://doi.org/10.1080/00461520.2016.1155457, Agosto 2026

  2. Roese, N. J., & Epstude, K. (2008). The functional theory of counterfactual thinking. Personality and Social Psychology Review, 12(2), 168–192. https://doi.org/10.1177/1088868308316091, Agosto 2026

  3. Smith, J. M., & Alloy, L. B. (2009). A roadmap to rumination: A review of the definition, assessment, and conceptualization of this multifaceted construct. Clinical Psychology Review, 29(2), 116–128. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2008.10.003Agosto 2026

  4. Watkins, E. R. (2008). Constructive and unconstructive repetitive thought. Psychological Bulletin, 134(2), 163–206. https://doi.org/10.1037/0033-2909.134.2.163, Agosto 2026

  5. Yeager, D. S., Hanselman, P., Walton, G. M., Murray, J. S., Crosnoe, R., Muller, C., Tipton, E., Schneider, B., Hulleman, C. S., Hinojosa, C. P., Paunesku, D., Romero, C., Flint, K., Roberts, A., Trott, J., Iachan, R., Buontempo, J., Yang, S. M., Carvalho, C. M., ... Dweck, C. S. (2019). A national experiment reveals where a growth mindset improves achievement. Nature, 573, 364–369. https://doi.org/10.1038/s41586-019-1466-y, Agosto 2026

  6. Chowrira, S. G., Smith, K. M., Dubois, P. J., & Roll, I. (2019). DIY productive failure: Boosting performance in a large undergraduate biology course. npj Science of Learning, 4, 1. https://doi.org/10.1038/s41539-019-0040-6, Agosto 2026

  7. OECD. (2025). Mindsets and learning: How believing in personal growth is linked to achievement. PISA in Focus, No. 131. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/e4f1a16f-en

  8. UNESCO. (2025). The right to education: Past, present and future directions. UNESCO, Agosto 2026

  9. Zhang, C. (2026). How episodic future thinking enhances prospective memory in college students. Acta Psychologica, 268, 107250. https://doi.org/10.1016/j.actpsy.2026.107250, Agosto 2026

 
 
 

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