La historia también se enseña fuera del salón de clases
Hay una escena que ocurrió hace casi 250 años y que probablemente millones de estudiantes han leído alguna vez en un libro de historia. Filadelfia. 1776.
Cincuenta y seis personas terminaron firmando la Declaración de Independencia de Estados Unidos, un documento que colocó sobre la mesa ideas que atravesarían generaciones: igualdad, libertad, derechos y la posibilidad de construir una sociedad distinta. Pero hay algo particularmente interesante cuando observamos aquella historia desde 2026. Estados Unidos estaba muy lejos de cumplir los ideales que proclamaba. La esclavitud seguía existiendo. Las mujeres estaban excluidas de la vida política. Distintos grupos permanecían fuera de aquella promesa de igualdad.

De hecho, Spirit of America, una organización estadounidense que actualmente desarrolla una iniciativa internacional para acercar esta historia a nuevas generaciones, reconoce una idea fundamental: aquellos ideales no se alcanzaron en 1776 y siguen siendo parte de un proceso en construcción (Spirit of America, 2025). Y quizá precisamente ahí comienza la verdadera lección educativa. Aprender historia no significa memorizar que algo ocurrió. Significa comprender la distancia entre los ideales que una sociedad proclama y aquello que realmente consigue construir.
Pero hay otra pregunta que me parece todavía más interesante:
¿cómo enseñamos esa historia a una generación que ya no aprende únicamente dentro de un salón de clases?
Cuando una historia sale del museo
Hace algunos meses encontré un proyecto que me hizo pensar precisamente en esto. La propuesta era relativamente sencilla: invitar a cuatro comunicadores independientes de Filipinas a recorrer distintas ciudades y sitios históricos de Estados Unidos para conocer parte de su historia y después compartir esas experiencias con sus propias comunidades digitales. El recorrido incluyó Washington D. C., Annapolis, Filadelfia, Nueva Orleans y San Francisco, además de espacios como el Museum of the American Revolution, el National Constitution Center, Mount Vernon, el National WWII Museum y la U.S. Naval Academy (Spirit of America, 2025). Pero lo que llamó mi atención no fueron solamente los lugares. Fue el método. Los participantes no regresarían a sus países para presentar un examen. Regresarían para contar una historia. Facebook. Instagram. YouTube. TikTok. La organización detrás del proyecto ya había experimentado con una estrategia similar para contar historias relacionadas con las tropas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. Según Spirit of America, aquella campaña logró alcanzar a más de 20 millones de personas (Spirit of America, 2025). Veinte millones. Y entonces pensé: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar que la educación solamente sucede dentro de una escuela?
La generación cambió. La manera de aprender también.
Durante mucho tiempo construimos una arquitectura bastante sencilla alrededor del conocimiento. El maestro sabía. El estudiante escuchaba. El libro contenía. El examen comprobaba. Internet rompió esa arquitectura. Hoy un adolescente puede aprender sobre la Revolución Francesa viendo un video de tres minutos, descubrir física mediante YouTube, preguntarle matemáticas a una inteligencia artificial o encontrarse con una explicación sobre la Segunda Guerra Mundial mientras simplemente estaba deslizando TikTok.
Los números ayudan a entender la dimensión del cambio. En un estudio realizado entre adolescentes estadounidenses de 13 a 17 años, 90% dijo utilizar YouTube, 63% TikTok y 61% Instagram (Faverio & Sidoti, 2024).
Pero quizá el dato más interesante no sea solamente cuántos utilizan estas plataformas, sino cuánto forman parte de su vida cotidiana.
El 73% utiliza YouTube diariamente, aproximadamente seis de cada diez utilizan TikTok todos los días y alrededor de la mitad entra diariamente a Instagram. Además, 96% de los adolescentes encuestados afirmó utilizar internet diariamente y casi la mitad dijo estar conectada prácticamente de manera constante (Faverio & Sidoti, 2024).
Pensemos lo que eso significa para la educación. Estamos hablando de una generación para la cual el mundo físico y el digital ya no son dos universos completamente separados.
Son una misma experiencia. Y la frontera entre entretenimiento, información y aprendizaje también comienza a desaparecer. Una investigación más reciente de Pew Research Center, publicada en abril de 2026, encontró que alrededor de cuatro de cada diez o más adolescentes que utilizan TikTok e Instagram señalan las noticias como una de las razones por las cuales usan esas plataformas (Faverio, Park, & Gottfried, 2026).
Entonces quizá durante demasiado tiempo hemos estado haciendo una sola pregunta: ¿cómo hacemos para que los jóvenes presten atención en clase? Cuando también deberíamos preguntarnos: ¿quién está educándolos durante todas las horas en las que no están en clase?
Porque tener información no significa tener conocimiento
Aquí aparece la parte incómoda. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Una persona con un teléfono puede consultar en segundos una biblioteca que habría resultado inimaginable para generaciones anteriores. Pero acceso a información no significa necesariamente acceso a la verdad.
UNESCO reporta que 56% de los usuarios de internet utiliza frecuentemente las redes sociales para mantenerse informado sobre acontecimientos actuales (UNESCO, s. f.).
Hasta ahí podría parecer una extraordinaria democratización del conocimiento. El problema aparece cuando observamos otro dato. Según UNESCO, dos de cada tres creadores de contenido digital no verifican sistemáticamente la información antes de compartirla online (UNESCO, s. f.).
Ahora pongamos ambos datos juntos. Millones de personas utilizan las redes sociales para entender qué está pasando en el mundo mientras buena parte de quienes producen el contenido que consumimos no verifica sistemáticamente aquello que publica.
No sorprende entonces que 85% de las personas consideradas en los datos difundidos por UNESCO manifieste preocupación por el impacto de la desinformación online (UNESCO, s. f.).
Tenemos una paradoja extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento potencialmente disponible y, al mismo tiempo, nunca había sido tan sencillo distribuir información incorrecta a millones de personas. Por eso enseñar historia en 2026 no puede limitarse a preguntar: “¿En qué año ocurrió?” Necesitamos enseñar a preguntar: ¿Quién está contando esta historia? ¿De dónde obtuvo esta información? ¿Qué evidencia presenta? ¿Qué voces faltan? ¿Puedo comprobarlo en otra fuente? ¿Por qué debería creerle? Eso también es educación. Y quizá sea una de las formas de educación más importantes de nuestro tiempo.
La historia no debería enseñarnos qué pensar
Existe una diferencia enorme entre enseñar historia y enseñar una versión incuestionable de la historia. Podemos estudiar la Declaración de Independencia estadounidense y simultáneamente hablar de esclavitud. Podemos reconocer la importancia histórica de una revolución y analizar sus contradicciones. Podemos admirar determinados ideales y preguntarnos quiénes quedaron inicialmente excluidos de ellos.
Podemos celebrar los avances de una sociedad sin fingir que esa sociedad nunca se equivocó.
Porque una buena educación histórica no debería producir ciudadanos capaces de repetir una narrativa. Debería producir personas capaces de interrogarla. Ahí está, para mí, una diferencia fundamental. Educar no consiste en enseñar qué pensar sobre un país, una persona o un acontecimiento. Consiste en proporcionar las herramientas necesarias para comprenderlo, cuestionarlo y construir una opinión propia.
¿Y si lo hiciéramos en México?
Mientras conocía aquella iniciativa internacional, inevitablemente pensé en nosotros. ¿Qué ocurriría si utilizáramos las mismas herramientas para volver a descubrir nuestra propia historia? Y no me refiero solamente a publicar una infografía el 15 de septiembre. Imaginemos algo distinto. Estudiantes caminando por Dolores Hidalgo mientras escuchan diferentes perspectivas sobre lo que significó la Independencia. Jóvenes recorriendo rutas de la Revolución Mexicana mientras historiadores, habitantes y comunidades locales cuentan historias que quizá nunca aparecieron en sus libros. Entrar al Castillo de Chapultepec y preguntarnos cuánto de aquello que recordamos ocurrió exactamente como nos lo enseñaron.
Recorrer comunidades indígenas y escuchar la historia de México desde voces que durante generaciones tuvieron menos espacio en la narrativa oficial. Visitar Zacatecas y comprender que las calles que atravesamos todos los días también guardan capítulos de la historia nacional. Y después hacer algo que pocas veces hacemos en la escuela: conectar el pasado con el presente ¿Qué significaba ser mexicano en 1821? ¿Qué significaba en 1910? ¿Y qué significa ser mexicano en 2026?
Imaginemos estudiantes, profesores, historiadores, periodistas y creadores de contenido recorriendo el país mientras miles de jóvenes siguen esos viajes desde sus teléfonos.
No para reemplazar los libros. Para conseguir que alguien tenga curiosidad suficiente para abrirlos. Quizá hemos confundido educación con escolarización
Cada vez estoy más convencida de algo: educar y escolarizar no son exactamente lo mismo. Escolarizar sucede dentro de una estructura. Educar puede suceder prácticamente en cualquier lugar. En una conversación. En un museo. En un viaje. En una cancha. En una biblioteca. En una sobremesa. En un video de sesenta segundos. Incluso en TikTok. Y ahora también frente a una inteligencia artificial. UNESCO reporta que 80% de los jóvenes utiliza herramientas y servicios de inteligencia artificial varias veces al día con fines educativos (UNESCO, s. f.).
Eso significa que la tecnología ya entró al salón de clases. Pero también ocurrió algo todavía más importante: el salón de clases salió al mundo. Los profesores ya no somos los únicos intermediarios del conocimiento y quizá eso no debería asustarnos. Debería obligarnos a replantear nuestro papel. Porque si un estudiante puede obtener una definición en cinco segundos, memorizar definiciones deja de ser nuestra mayor aportación. Si una inteligencia artificial puede explicar un concepto, nuestra tarea necesita ir más lejos que simplemente transmitirlo.
Si existen millones de respuestas disponibles, entonces necesitamos enseñar a nuestros estudiantes a formular mejores preguntas. Nuestro trabajo empieza a cambiar. De entregar información a enseñar a navegarla. De pedir respuestas a provocar preguntas. De memorizar datos a contrastarlos. De repetir contenidos a construir criterio. De enseñar solamente qué sabemos a enseñar también cómo sabemos que lo sabemos.
Durante años pensamos que uno de los grandes objetivos de la educación era conseguir que los estudiantes supieran más. Sigue siendo importante. Pero quizá el siglo XXI nos está colocando frente a una responsabilidad adicional: enseñarles a dudar mejor.
No a desconfiar de absolutamente todo. No a creer que todas las opiniones tienen el mismo peso. Sino a desarrollar una duda inteligente. La que pregunta por las fuentes. La que busca evidencia. La que reconoce cuando estaba equivocada. La que es capaz de escuchar otra perspectiva sin sentir que por hacerlo está perdiendo su identidad.
La que entiende que cambiar de opinión frente a nueva evidencia no es debilidad intelectual. Es aprendizaje. En un mundo saturado de información, la persona más educada quizá ya no sea solamente aquella que conoce más respuestas. Puede ser aquella que sabe qué preguntas hacer antes de creerlas.
Hace casi 250 años, una idea podía tardar semanas o meses en atravesar un océano. Hoy puede hacerlo en segundos. Una historia puede comenzar en Filadelfia, ser contada por un joven en Manila, aparecer en una pantalla en México y terminar provocando una conversación dentro de un salón de clases en Zacatecas. Eso representa un riesgo enorme, pero también una oportunidad educativa extraordinaria. Porque si las nuevas generaciones están construyendo parte de su comprensión del mundo desde una pantalla, nuestra respuesta no puede ser simplemente pedirles que guarden el teléfono.
Tenemos que enseñarles qué hacer con todo aquello que aparece cuando vuelvan a encenderlo. La tecnología seguirá cambiando. Las plataformas cambiarán. Probablemente dentro de algunos años muchas de las aplicaciones que hoy dominan nuestra atención habrán sido reemplazadas por otras. Pero habrá algo que seguirá siendo profundamente humano: nuestra necesidad de entender de dónde venimos para decidir hacia dónde queremos ir.
Ahí la educación seguirá teniendo un papel irremplazable. No podemos elegir el mundo que nuestros estudiantes heredarán. Pero sí podemos ayudarlos a comprender cómo llegamos hasta aquí. Podemos enseñarles a distinguir evidencia de propaganda, información de conocimiento y una afirmación viral de un hecho comprobado.
Podemos enseñarles que la historia no es solamente una colección de fechas, nombres y guerras. Es la memoria de las decisiones humanas que construyeron el mundo en el que hoy vivimos. Y podemos recordarles algo todavía más importante: la historia no termina cuando cerramos un libro.
Continúa cada vez que alguien decide qué hacer con lo que aprendió. Hace casi 250 años, algunas personas escribieron las ideas del mundo que querían construir.
Hoy nosotros estamos educando a quienes tendrán que imaginar el siguiente.
Por eso quizá la pregunta más importante no sea qué recordamos de los últimos 250 años.
La pregunta es: ¿qué estamos enseñando hoy que valdrá la pena recordar dentro de otros 250?
Referencias
Faverio, M., Park, E., & Gottfried, J. (2026, 15 de abril). Teens’ experiences on TikTok, Instagram and Snapchat. Pew Research Center, Septiembre 2026
Faverio, M., & Sidoti, O. (2024, 12 de diciembre). Teens, social media and technology 2024. Pew Research Center, Septiembre 2026
Spirit of America. (2025). Road to 250: Connecting America’s story to the world. Spirit of America, Septiembre 2026
United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization. (s. f.). Media and information literacy. UNESCO, Septiembre 2026






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