La mala fama de empezar desde cero
Por qué necesitamos aprender a valorar a quienes se atreven a emprender
Hay algo curioso en nuestra sociedad: admiramos las historias de éxito, pero pocas veces nos detenemos a pensar en todo lo que tuvo que suceder antes de que alguien pudiera contarlas.
Nos encantan las empresas que comenzaron en un garaje, los emprendedores que construyeron imperios y las marcas que transformaron industrias enteras. Compartimos sus frases, estudiamos sus estrategias y convertimos a sus fundadores en referentes de inspiración.
Pero ¿qué sucede cuando quien está emprendiendo no es Steve Jobs, Elon Musk o alguna celebridad internacional? ¿Qué sucede cuando es alguien de nuestra propia ciudad?
Cuando se trata del vecino que decidió abrir una cafetería, de la familia que invirtió sus ahorros en un restaurante o de un grupo de jóvenes que intenta convertir una idea en un negocio, nuestra reacción no siempre es la misma. A veces, antes de preguntar cómo podemos apoyar, preguntamos cuánto tiempo durará. Y eso me lleva a una pregunta que considero fundamental:
¿Por qué admiramos tanto el emprendimiento cuando ya es exitoso, pero nos cuesta tanto apoyarlo cuando apenas está comenzando?
El verdadero riesgo de emprender
Emprender se ha convertido en una de las palabras más populares de nuestra generación.
La encontramos en conferencias, universidades, redes sociales y discursos sobre desarrollo económico. Nos dicen que debemos innovar, pensar diferente, asumir riesgos y perseguir nuestros sueños.
Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que realmente significa emprender.
Porque emprender no es únicamente tener una buena idea. Es comprometer recursos sin tener la certeza de recuperarlos. Es contratar personas cuando todavía no sabes cómo se comportarán las ventas del próximo mes. Es aprender sobre administración, mercadotecnia, atención al cliente, proveedores y finanzas, muchas veces mientras intentas resolver los problemas cotidianos de tu negocio. Y, sobre todo, es aceptar que las cosas no siempre saldrán como las imaginaste.
En México, esta realidad tiene una dimensión especialmente importante. De acuerdo con los resultados definitivos de los Censos Económicos 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los establecimientos micro, aquellos que cuentan con hasta diez personas ocupadas, representan aproximadamente el 95.5 % de los establecimientos del sector privado y las empresas paraestatales comprendidos en el estudio.
Es decir, cuando hablamos de la economía mexicana, no estamos hablando exclusivamente de grandes corporaciones.
Estamos hablando, en buena medida, de pequeños negocios. De restaurantes, talleres, tiendas, cafeterías y emprendimientos que forman parte de nuestra vida cotidiana.
Negocios que, detrás de sus puertas, representan decisiones, sacrificios y oportunidades de empleo. Y, sin embargo, ¿cuántas veces pensamos en eso cuando elegimos dónde consumir?
Una economía que también se construye alrededor de una mesa
Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Mala Fama, un restaurante de mariscos en Zacatecas, para realizar una colaboración de creación de contenido. Y mientras preparaba el material, comencé a reflexionar sobre algo que va mucho más allá de la gastronomía.
Un restaurante no es solamente un lugar donde se prepara y vende comida. Es también un espacio donde convergen trabajo, cultura, comunidad y emprendimiento.
Pensemos por un momento en todo lo que sucede antes de que un platillo llegue a nuestra mesa. Alguien tuvo que imaginar el concepto del negocio. Alguien decidió invertir. Alguien seleccionó proveedores, diseñó un menú, organizó un equipo de trabajo y asumió la responsabilidad de ofrecer un producto o servicio.
Detrás de una experiencia gastronómica existe una cadena de decisiones que normalmente permanece invisible para el consumidor. Y eso me parece fascinante.
Porque durante años hemos aprendido a evaluar los negocios principalmente por el producto final, pero rara vez nos preguntamos por los procesos humanos que existen detrás de ellos.
No se trata de romantizar el emprendimiento ni de justificar un mal servicio por el simple hecho de que alguien decidió abrir un negocio.
Los consumidores merecemos calidad, transparencia y experiencias que correspondan con aquello por lo que pagamos.
Pero también considero que necesitamos desarrollar una mirada más consciente sobre el papel que desempeñan los negocios locales en nuestras comunidades.
Una mirada que nos permita reconocer el esfuerzo sin renunciar al pensamiento crítico.
¿Qué estamos enseñando sobre el fracaso?
Hay una conversación que considero urgente llevar a nuestras escuelas y universidades.
Durante buena parte de nuestra formación académica, aprendemos a evitar los errores.
Nos enseñan a encontrar respuestas correctas, cumplir instrucciones y alcanzar determinados resultados.
Y aunque estas habilidades son importantes, pocas veces nos enseñan a convivir con la incertidumbre.
El problema es que la vida profesional, y particularmente el emprendimiento, no funciona como un examen de opción múltiple. No siempre existe una respuesta correcta.
No siempre tendremos suficiente información. Y, definitivamente, no siempre podremos controlar los resultados.
La investigadora Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, ha estudiado durante décadas la relación entre nuestras creencias sobre las capacidades personales y la manera en que enfrentamos los desafíos.
Su trabajo sobre la mentalidad de crecimiento plantea que comprender nuestras habilidades como capacidades que pueden desarrollarse favorece una relación más constructiva con el aprendizaje y el esfuerzo. Esto no significa que pensar positivamente garantice el éxito.
Significa que nuestra interpretación de los errores puede influir en la manera en que respondemos ante ellos. Y aquí encuentro una conexión especialmente importante con el emprendimiento.
Porque una persona que fracasa en un proyecto no necesariamente es una persona incapaz.
A veces simplemente es alguien que está aprendiendo algo que ningún libro podía enseñarle por completo. Por supuesto, hay decisiones equivocadas que deben reconocerse y corregirse.
Pero cometer errores y ser incapaz de aprender de ellos son dos cosas completamente distintas. Quizá deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas están preparando a los jóvenes únicamente para demostrar lo que saben o también para descubrir qué hacer cuando todavía no saben cómo resolver algo.
Vivimos en una época extraordinaria para descubrir el mundo. Podemos conocer restaurantes de otros países desde nuestro teléfono, comprar productos internacionales y seguir las tendencias gastronómicas de ciudades que nunca hemos visitado.
Personalmente, siempre he considerado que descubrir otras culturas es una de las experiencias más enriquecedoras que podemos tener. Pero también creo que, en nuestro entusiasmo por conocer lo que sucede lejos, a veces olvidamos prestar atención a lo que está ocurriendo cerca. Y esto no significa que debamos dejar de consumir productos internacionales o elegir negocios locales independientemente de su calidad.
Significa reconocer que nuestras decisiones de consumo también pueden contribuir a fortalecer la actividad económica de nuestras comunidades. Según el INEGI, los establecimientos micro representan la inmensa mayoría de las unidades económicas consideradas en los Censos Económicos 2024, aunque su participación en el empleo y en la producción es proporcionalmente menor.
Esta diferencia nos recuerda que tener muchos pequeños negocios no garantiza, por sí solo, una economía próspera. Para que puedan consolidarse, también necesitan productividad, capacitación, acceso a financiamiento, buenas condiciones laborales y consumidores dispuestos a darles una oportunidad cuando ofrecen valor. Porque apoyar el emprendimiento no consiste únicamente en comprar.
También puede significar recomendar una experiencia que disfrutamos, compartir información útil, ofrecer retroalimentación constructiva o reconocer el trabajo bien hecho.
Y, en una época donde las recomendaciones digitales influyen en nuestras decisiones, la manera en que hablamos de los negocios también importa.
La responsabilidad de quienes creamos contenido
Esta reflexión también me toca desde otra perspectiva: la creación de contenido.
Las redes sociales han transformado profundamente la manera en que descubrimos lugares, construimos opiniones y decidimos dónde gastar nuestro dinero.
Hoy, una recomendación puede acercar nuevos consumidores a un negocio. Pero también puede influir en su reputación. Por eso considero que colaborar con una marca implica una responsabilidad que va más allá de tomar fotografías bonitas o grabar videos atractivos.
Crear contenido también es ejercer influencia. Y ejercer influencia requiere criterio. Una colaboración comercial no debería obligarnos a renunciar a nuestra autenticidad. Al contrario, debería invitarnos a ser más conscientes de aquello que comunicamos.
Cuando comparto una experiencia, quiero que quienes me siguen puedan distinguir entre una recomendación personal, una colaboración y una reflexión más amplia.
Porque la confianza es uno de los activos más importantes que podemos construir.
Y una vez que la perdemos, recuperarla puede resultar mucho más difícil que conseguir seguidores.
Creo que esta responsabilidad es especialmente importante para quienes buscamos utilizar nuestras plataformas no solamente para entretener, sino también para informar, educar y generar conversaciones que aporten algo a nuestra comunidad.
La reputación no siempre cuenta toda la historia
Hay algo particularmente interesante en el concepto de la mala fama.
A veces construimos opiniones sobre personas, negocios o lugares sin haberlos conocido realmente. Escuchamos una experiencia, leemos un comentario o recibimos una recomendación y comenzamos a formar una percepción.
Es parte de nuestra naturaleza social. Pero una percepción no siempre equivale a una verdad completa.
Esto tampoco significa que debamos ignorar las experiencias negativas de otros.
Las críticas legítimas son importantes. Ayudan a identificar problemas, exigir mejores prácticas y tomar decisiones informadas. Sin embargo, considero que existe una diferencia entre escuchar una opinión y permitir que esa opinión sustituya completamente nuestro propio criterio. Y esta reflexión no aplica solamente a los restaurantes. Aplica a las personas. A las instituciones. A las ciudades. Incluso a nosotros mismos. ¿Cuántas oportunidades hemos dejado pasar porque alguien más nos dijo que no funcionarían? ¿Cuántas personas hemos juzgado sin conocer su historia?¿Cuántas veces hemos confundido la reputación con la identidad?
Quizá uno de los aprendizajes más importantes de la vida adulta sea comprender que podemos escuchar a los demás sin renunciar a nuestra capacidad de observar, cuestionar y decidir.
¿Y si comenzamos a valorar el proceso?
Durante mucho tiempo hemos celebrado los resultados extraordinarios: Los premios.Los reconocimientos. Las empresas millonarias. Las historias que parecen imposibles. Pero cada vez estoy más convencida de que también necesitamos aprender a reconocer los procesos. A quienes están comenzando. A quienes están aprendiendo. A quienes, incluso después de equivocarse, deciden mejorar. No porque todos los emprendimientos merezcan convertirse en grandes empresas.
Ni porque todo esfuerzo garantice resultados.
Sino porque una sociedad que únicamente reconoce a quienes ya triunfaron corre el riesgo de desanimar a quienes todavía están construyendo algo. Y esto tiene implicaciones importantes para la educación. Si queremos formar nuevas generaciones de emprendedores, innovadores y líderes, necesitamos enseñarles que el éxito no se mide exclusivamente por los resultados inmediatos.
También se construye a través de la capacidad de aprender, colaborar, adaptarse y actuar con responsabilidad. Necesitamos formar jóvenes capaces de identificar problemas reales y desarrollar soluciones que aporten valor a sus comunidades.
Jóvenes que comprendan que emprender no consiste únicamente en generar ingresos, sino también en asumir responsabilidades frente a otras personas.
Porque detrás de cada empresa existe una dimensión humana que ningún balance financiero puede explicar por completo.
Tal vez necesitamos cambiar nuestra manera de mirar
Esta semana compartiré en mis redes sociales una colaboración con Mala Fama, un restaurante de mariscos de Zacatecas. Y aunque el contenido estará enfocado en la experiencia gastronómica y en conocer un poco más del lugar, quise aprovechar esta oportunidad para plantear una conversación distinta.
Porque a veces las reflexiones más interesantes no comienzan en una biblioteca, en una conferencia o en un salón de clases. A veces comienzan alrededor de una mesa. En una conversación con alguien que decidió emprender. En una historia que nos invita a observar nuestra propia comunidad desde otra perspectiva.
Me gusta pensar que conocer un lugar también puede ser una oportunidad para conocer a las personas que lo hacen posible. Y que detrás de cada negocio existe una historia que vale la pena escuchar, aunque no necesariamente sea una historia perfecta. Al final, quizá el verdadero desafío no sea conseguir que todos los emprendimientos tengan éxito.
Quizá sea construir una sociedad donde emprender no signifique enfrentarse a la indiferencia, donde equivocarse no implique perder toda credibilidad y donde el trabajo bien hecho encuentre oportunidades para crecer.
Porque necesitamos mejores empresas, sí. Pero también necesitamos consumidores más conscientes, creadores de contenido más responsables y sistemas educativos que preparen a las personas para construir, no solamente para competir.
Y si algo me gustaría que recordáramos después de esta reflexión es lo siguiente:
Nos hemos acostumbrado tanto a admirar las historias de éxito que olvidamos que, antes de convertirse en inspiración, todas fueron simplemente historias de alguien que decidió intentarlo.
Y quizá, la próxima vez que visitemos un negocio local, podamos recordar que detrás de aquello que consumimos existe algo mucho más grande que un producto.
Existe una decisión. Una oportunidad. Una historia. Y, en ocasiones, el comienzo de algo extraordinario.
Porque la verdadera mala fama debería tenerla una sociedad que exige emprendedores, pero se olvida de apoyar el emprendimiento.

Referencias bibliográficas (APA 7.ª edición)
Dweck, C. S. (2006). Mindset: The new psychology of success. Random House.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025). Censos Económicos 2024: Resultados definitivos. https://www.inegi.org.mx/programas/ce/2024/, Octubre 2026
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2023). OECD SME and Entrepreneurship Outlook 2023. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/342b8564-e , Octubre 2026







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