Las fronteras que desaparecen cuando conocemos la historia del otro
Por Karla Angélica Bañuelos González
Hay fronteras que aparecen en los mapas. Y hay otras que construimos nosotros.
Las primeras pueden medir miles de kilómetros. Las segundas pueden existir incluso entre dos personas sentadas frente a frente. Durante años hemos aprendido a entender las relaciones entre países a través de tratados comerciales, discursos presidenciales, cifras económicas y reuniones diplomáticas. Pero existe otra forma de diplomacia mucho más silenciosa que rara
vez ocupa las primeras planas: conocer al otro. Conocer su historia. Escuchar sus historias. Compartir las nuestras. Y descubrir que, muchas veces, tenemos mucho más en común de lo que imaginábamos.
Dos países que llevan generaciones encontrándose
Hablar de México y Estados Unidos significa hablar de una relación que difícilmente puede explicarse únicamente desde la política. Está en nuestras familias, universidades, empresas, comunidades fronterizas, música, comida, migración, educación e incluso en las palabras que hemos aprendido unos de otros. La propia Misión de Estados Unidos en México describe los intercambios educativos y culturales como una herramienta para construir relaciones entre personas, generar entendimiento mutuo y fortalecer la colaboración entre ambos países. Actualmente señala que México cuenta con una comunidad de aproximadamente 15,000 exparticipantes de programas de intercambio patrocinados por el gobierno estadounidense (U.S. Mission Mexico, s. f. septiembre 2026). Pero detrás de esa cifra hay algo que me parece mucho más interesante: Hay miles de historias.
Personas que viajaron, estudiaron, enseñaron, conocieron otra cultura y después regresaron a sus comunidades llevando consigo nuevas preguntas, ideas y perspectivas. Yo creo profundamente en ese tipo de educación. Porque educarnos no solamente significa aprender algo que antes desconocíamos.
A veces significa descubrir que aquello que creíamos sobre otra persona, otra cultura o incluso otro país era incompleto.
Cuando viajar también significa aprender
En el ciclo académico 2023–2024, 15,474 estudiantes mexicanos estudiaron en instituciones educativas estadounidenses, un incremento de 6.4 % respecto al año anterior. Más de ocho mil cursaban estudios de licenciatura y más de cuatro mil programas de posgrado (U.S. Department of Commerce, 2025).
Son números importantes. Pero imaginemos por un momento lo que existe detrás de ellos. 15,474 personas entrando a salones distintos. Conociendo compañeros que crecieron hablando otro idioma. Explicando de dónde vienen. Descubriendo costumbres. Probando comida. Defendiendo ideas. Cambiando algunas. Y probablemente regresando a México viendo ciertas cosas de manera diferente. Ese es uno de los poderes más fascinantes de la educación internacional: no solamente transporta conocimiento; transporta perspectivas. Y funciona en ambas direcciones.
Desde 1976, por ejemplo, existen esfuerzos de cooperación educativa entre México y Estados Unidos para atender a estudiantes que se desplazan entre ambos países. Actualmente, el Programa Binacional de Educación Migrante busca precisamente facilitar la continuidad educativa y fortalecer el conocimiento cultural entre ambas sociedades (Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior, 2026).
No estamos hablando únicamente de movilidad. Estamos hablando de aprender a convivir en un mundo donde nuestras historias están inevitablemente conectadas. 250 años después, seguimos preguntándonos quiénes somos
En 2026, Estados Unidos conmemora 250 años desde su independencia. Y alrededor de este aniversario surgió una iniciativa que me parece especialmente interesante: Road to 250, impulsada por Spirit of America en colaboración con representaciones diplomáticas estadounidenses en diferentes partes del mundo. La propuesta comenzó llevando la conversación sobre la historia estadounidense a jóvenes fuera de Estados Unidos y posteriormente ampliándose hacia distintos países con motivo del aniversario número 250 de su independencia (Spirit of America, 2025).
Pero hay algo de esta idea que va mucho más allá de una conmemoración. Porque los aniversarios de los países también pueden convertirse en preguntas. ¿Quiénes fuimos? ¿Quiénes somos? ¿Qué ideales heredamos? ¿Cuáles hemos cumplido? ¿Cuáles siguen pendientes? ¿Y qué queremos construir durante los próximos 50, 100 o 250 años?
Quizá por eso conocer la historia de otro país también puede obligarnos a mirar la nuestra.
La historia deja de ser historia cuando alguien te la cuenta
Durante mucho tiempo pensamos la historia como fechas que había que memorizar,
Fechas, personajes, batallas, tratados. Pero la historia nunca estuvo hecha solamente de fechas. Estuvo hecha de personas. Personas que tuvieron miedo. Que defendieron ideas. Que migraron. Que protestaron. Que construyeron. Que se equivocaron. Que imaginaron sociedades diferentes a las que habían recibido. Y quizá por eso necesitamos cambiar también la manera en la que contamos nuestros países. Porque cuando conocemos una cultura solamente a través de titulares, estereotipos o redes sociales, conocemos apenas una fracción de ella.
Pero cuando escuchamos a alguien contarnos por qué su familia celebra determinada tradición, qué significa para él su ciudad, qué problemas enfrenta su comunidad o qué sueña cambiar en ella, ocurre algo completamente diferente. El país deja de ser una abstracción y adquiere un rostro. Eso también es educación.
La diplomacia que ocurre entre personas
En marzo de este mismo año, México y Estados Unidos reafirmaron su cooperación educativa mediante COMEXUS, una institución que ha otorgado más de 5,000 becas en ambos países.
La Secretaría de Relaciones Exteriores describió esta cooperación como una herramienta que abre oportunidades de formación, fortalece capacidades y permite que más personas accedan al conocimiento y a experiencias internacionales (SRE, 2026). Y quizá ahí está una de las lecciones más importantes. Las relaciones entre países no pertenecen exclusivamente a los gobiernos. También se construyen en universidades. En intercambios. En proyectos sociales. En conversaciones. En viajes. En amistades. En personas que regresan a sus comunidades preguntándose: “¿Y ahora qué puedo hacer yo con todo lo que aprendí?”
Conocer al otro también nos obliga a conocernos
Tal vez viajar sea una de las formas más extrañas de mirarnos al espejo. Porque muchas veces necesitamos salir de nuestro país para entenderlo. Necesitamos explicar nuestras tradiciones para descubrir cuánto significan para nosotros. Necesitamos escuchar otra historia para cuestionar la propia. Necesitamos observar otra sociedad para imaginar posibilidades diferentes para la nuestra. Por eso creo que los intercambios culturales tienen un valor educativo enorme. No porque pretendan que pensemos igual.
Todo lo contrario. Porque nos enseñan a sentarnos frente a alguien que creció diferente, escuchar su historia y comprender que entender no significa necesariamente estar de acuerdo.
Significa ampliar nuestra mirada. Y en un mundo donde los algoritmos constantemente nos muestran versiones de la realidad que confirman lo que ya pensamos, quizá encontrarnos genuinamente con alguien diferente se ha convertido en una de las experiencias educativas más importantes que podemos tener.
Celebrar 250 años inevitablemente significa mirar hacia atrás. Pero también debería significar mirar hacia adelante. Porque ningún país termina de construirse. México tampoco. Estados Unidos tampoco. Nosotros tampoco. Cada generación recibe historias que comenzaron mucho antes de que llegáramos. La pregunta es qué hacemos con ellas. Podemos heredarlas sin cuestionarlas. Podemos olvidarlas. O podemos conocerlas, discutirlas, aprender de sus aciertos y errores y decidir conscientemente qué capítulos queremos escribir después.
Quizá esa sea una de las razones por las que sigo creyendo tanto en la educación, en los intercambios y en las conversaciones entre culturas.
Porque viajar puede cambiar nuestra ubicación. Estudiar puede cambiar nuestro conocimiento.
Pero conocer verdaderamente al otro puede cambiar nuestra manera de mirar el mundo.
Y tal vez las relaciones entre países comiencen exactamente ahí. No cuando desaparecen las fronteras de los mapas.
Sino cuando desaparecen algunas de las fronteras que habíamos construido en nuestra mente.

Referencias
Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior. (2026, 10 de agosto). Programa Binacional de Educación Migrante México Estados Unidos (PROBEM). Gobierno de México.
Secretaría de Relaciones Exteriores. (2026, 6 de marzo). México y Estados Unidos reafirman su compromiso con la cooperación educativa a través de Comexus. Gobierno de México, septiembre 2026
Spirit of America. (2025). Road to 250: Connecting America's story to the world.
U.S. Department of Commerce, International Trade Administration. (2025). 2025 Education Resource Guide: Mexico., septiembre 2026
U.S. Mission Mexico. (s. f.). Education & Exchanges. U.S. Embassy & Consulates in Mexico, septiembre 2026







Comentarios