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Parte I. Estamos formando profesionistas, pero ¿estamos formando seres humanos?

13 jul
6 min de lectura

Nunca habíamos tenido tantos títulos universitarios. Tampoco tantos jóvenes que no saben qué hacer con su vida.

Hubo una pregunta que marcó nuestra infancia mucho antes de que supiéramos multiplicar, escribir correctamente o entender cómo funcionaba el mundo ”¿Qué quieres ser cuando seas grande?” doctor@, ingenier@, arquitect@,abogad@, empresari@, astronauta...


Nuestras respuestas siempre eran profesiones. Nunca personas. Nadie nos preguntaba: ¿Qué clase de ser humano quieres llegar a ser? Y quizá ahí comienza uno de los mayores vacíos de la educación contemporánea. Durante décadas hemos diseñado sistemas educativos extraordinariamente eficientes para transmitir conocimientos (dependiendo del país). Enseñamos matemáticas, ciencias, idiomas, historia, programación, administración y derecho. Evaluamos la memoria, la lógica y la capacidad para resolver problemas técnicos. Celebramos las mejores calificaciones, las becas, los títulos y los reconocimientos académicos.

Pero mientras aprendíamos a construir un currículum impecable, ¿quién nos enseñó a construir una vida? ¿Quién nos explicó cómo gestionar el miedo cuando las cosas no salen como esperamos? ¿Quién nos enseñó a pedir ayuda sin sentir vergüenza? ¿Quién nos habló sobre la importancia de escuchar, de convivir con quienes piensan diferente o de enfrentar un conflicto sin destruir una relación?


La realidad es que hoy vivimos una paradoja que pocas veces nos detenemos a observar. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca habíamos hablado tan poco sobre ansiedad, agotamiento, soledad, polarización o pérdida de propósito. La pregunta, entonces, ya no es únicamente si la educación funciona. La pregunta es mucho más profunda.

¿Qué tipo de personas estamos formando?


El éxito académico ya no garantiza una vida plena

Durante buena parte del siglo XX, estudiar era una promesa de movilidad social. Nuestros abuelos crecieron creyendo que un título universitario prácticamente aseguraba estabilidad económica, prestigio y mejores oportunidades para la siguiente generación. Y, en muchos casos, así fue. La educación cambió millones de vidas. Pero el mundo cambió mucho más rápido que nuestros sistemas educativos.


Hoy un joven puede graduarse con honores, hablar tres idiomas, dominar inteligencia artificial, tener un perfil impecable en LinkedIn y aun así sentirse completamente perdido respecto a quién es, qué quiere o por qué hace lo que hace. No es una percepción aislada. Es una tendencia que empieza a aparecer en los datos.


El World Happiness Report 2025, elaborado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, encontró un cambio preocupante: en varios países desarrollados, los adultos jóvenes reportan menores niveles de satisfacción con la vida que generaciones mayores, rompiendo una tendencia histórica. Entre los factores asociados aparecen la soledad, la incertidumbre económica, la disminución de la confianza social y el debilitamiento del sentido de comunidad.


Es decir, una generación que tiene más acceso a información que cualquier otra en la historia también enfrenta mayores dificultades para sentirse satisfecha con su vida. Ese contraste debería detenernos. Porque quizá el problema nunca fue únicamente educativo. Quizá fue profundamente humano. Sabemos hacer muchas cosas. No siempre sabemos vivir. Imagina a dos recién graduados. Ambos obtuvieron excelentes calificaciones. Los dos dominan herramientas digitales, hablan inglés y consiguen empleo rápidamente. Cinco años después, uno de ellos ha construido relaciones sanas, disfruta su trabajo, sabe poner límites, mantiene amistades profundas y encuentra sentido en lo que hace.


El otro vive con ansiedad constante, trabaja doce horas diarias por miedo a quedarse atrás, no logra desconectarse del celular, evita conversaciones difíciles y siente que, aunque ha cumplido todas las metas que alguna vez soñó, sigue experimentando un vacío que no sabe explicar.


La diferencia entre ambos probablemente no estuvo en la universidad. Estuvo en habilidades que rara vez aparecen en un plan de estudios: la capacidad para conocerse, regular sus emociones, pedir ayuda, escuchar, perdonar, trabajar en equipo, resolver conflictos, construir comunidad. En otras palabras, habilidades profundamente humanas.

Durante mucho tiempo asumimos que esas capacidades se aprendían “solas”, en casa o con la experiencia. Sin embargo, hoy sabemos que también pueden desarrollarse de manera intencional y que hacerlo cambia vidas.


La ciencia lleva años diciéndonos que las emociones también se educan.

Existe una idea muy extendida según la cual las emociones pertenecen al ámbito privado y la escuela debería limitarse a enseñar conocimientos académicos. La evidencia científica dice otra cosa. Durante más de tres décadas, investigadores de distintas partes del mundo han estudiado el impacto del aprendizaje socioemocional en niños y jóvenes.

Uno de los trabajos más influyentes fue publicado por el psicólogo Joseph Durlak y un equipo de investigadores que analizaron más de 200 programas escolares con alrededor de 270,000 estudiantes.


Los resultados fueron sorprendentes. Los alumnos que participaron en programas de aprendizaje socioemocional no solo mejoraron habilidades como la empatía, el autocontrol y la toma responsable de decisiones. También obtuvieron mejores resultados académicos.

En promedio, aumentaron aproximadamente 11 puntos porcentuales en su rendimiento escolar respecto a quienes no participaron en estos programas.

La conclusión era poderosa. Desarrollar habilidades humanas no distraía del aprendizaje.

Lo potenciaba. Durante años pensamos que había que elegir entre formar personas o formar profesionistas.


La evidencia muestra que ambas cosas pueden ir de la mano, la epidemia silenciosa que ningún diploma puede esconder. Mientras escribo estas líneas, millones de jóvenes están terminando un semestre universitario. Muchos aprobarán todas sus materias. Algunos incluso recibirán reconocimientos por excelencia académica. Pero detrás de esos logros hay una realidad de la que cada vez hablamos más.


La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años vive con un trastorno mental, y que muchas de estas condiciones comienzan antes de los 14 años, aunque con frecuencia no son detectadas ni tratadas a tiempo. Más adelante, al incorporarse al mundo laboral, el panorama tampoco mejora automáticamente.


El State of the Global Workplace Report de Gallup ha mostrado que una proporción importante de trabajadores experimenta estrés diario y que el compromiso con su trabajo sigue siendo bajo en muchas regiones del mundo. Detrás de esas cifras hay personas. Personas que aprendieron a resolver ecuaciones diferenciales, pero nunca aprendieron a reconocer cuándo necesitaban descansar.


Que saben presentar un proyecto frente a un consejo directivo, pero no saben expresar con claridad lo que sienten. Que dominan varios idiomas, pero encuentran cada vez más difícil sostener conversaciones profundas con quienes aman. No porque sean menos inteligentes.

Sino porque la inteligencia tiene muchas formas y durante demasiado tiempo solo decidimos evaluar algunas.


Jane Elliott demostró algo que sigue incomodándonos: El 5 de abril de 1968, un día después del asesinato de Martin Luther King Jr., una maestra estadounidense llamada Jane Elliott decidió hacer algo distinto con su grupo de tercer grado.

En lugar de explicar el racismo desde un libro, decidió que sus alumnos lo experimentaran.

Dividió al grupo por el color de sus ojos. Les dijo que los niños de ojos azules eran más inteligentes, más responsables y mejores personas que los de ojos cafés. Les dio privilegios. Los felicitó más. Les permitió jugar primero. Los niños de ojos cafés comenzaron a equivocarse más. Hablar menos. Participar menos. Sentirse inferiores. Al día siguiente invirtió completamente los papeles. Y ocurrió exactamente lo contrario. Los mismos niños, la misma inteligencia, el mismo salón.


Lo único que había cambiado era la forma en que eran tratados. Décadas después, aquel ejercicio sigue estudiándose en facultades de psicología, educación y liderazgo porque mostró algo extraordinariamente sencillo y profundamente humano. Las personas no solo aprenden contenidos. También aprenden quién creen que son y esa identidad influye directamente en su desempeño, su autoestima y sus expectativas sobre el futuro.


¿Cuántas veces, sin darnos cuenta, hacemos exactamente lo mismo cuando etiquetamos a un estudiante como “flojo”, “problemático”, “brillante” o “promedio”? Las palabras también educan. Las expectativas también y el trato que damos a los demás puede convertirse, muchas veces, en la historia que ellos terminan contándose sobre sí mismos.


Cuando una universidad presume el porcentaje de empleabilidad de sus egresados, está mostrando un indicador importante. Cuando una escuela celebra el número de alumnos aceptados en programas internacionales, también. Pero quizá hace falta una pregunta más.

¿Cuántos de esos jóvenes aprendieron a escuchar antes de responder? ¿Cuántos saben colaborar con alguien que piensa distinto? ¿Cuántos desarrollaron el coraje de admitir un error? ¿Cuántos entienden que el éxito profesional pierde sentido cuando se construye sacrificando la salud, la familia o la integridad? Porque al final, el mundo no solo necesita personas altamente capacitadas. Necesita personas capaces de convivir y esas no siempre son las mismas.



(Continuará…)

La educación no termina cuando obtenemos un título. En la segunda parte de esta reflexión exploraremos qué habilidades necesitarán las personas en un mundo transformado por la inteligencia artificial, qué podemos aprender de los sistemas educativos más exitosos y por qué el futuro dependerá menos de lo que sabemos y más de quiénes decidimos ser.


Referencias

  1. Collaborative for Academic, Social, and Emotional Learning. (2024). What is SEL? https://casel.org, Julio 2026

  2. Durlak, J. A., Weissberg, R. P., Dymnicki, A. B., Taylor, R. D., & Schellinger, K. B. (2011). The impact of enhancing students’ social and emotional learning: A meta-analysis of school-based universal interventions. Child Development, 82(1), 405–432., Julio 2026

  3. Gallup. (2025). State of the Global Workplace 2025, Julio 2026

  4. OECD. (2023). PISA 2022 Results (Volume I): The State of Learning and Equity in Education. OECD Publishing, Julio 2026

  5. Organización Mundial de la Salud. (2023). Mental health of adolescents, Julio 2026

  6. UNESCO. (2024). Global Education Monitoring Report 2024/25, Julio 2026

  7. World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025, Julio 2026

  8. World Happiness Report. (2025). World Happiness Report 2025, Julio 2026


 
 
 

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