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Parte II. Estamos formando profesionistas, pero ¿estamos formando seres humanos?

13 jul
6 min de lectura

Segunda parte

Si la primera pregunta era qué estamos enseñando, la segunda es aún más importante: ¿qué necesitarán las personas para vivir, trabajar y convivir en el mundo que ya está llegando?


Existe una frase atribuida al filósofo griego Aristóteles que, más de dos mil años después, sigue interpelándonos:“Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.” Aunque los historiadores debaten si la cita fue escrita exactamente con esas palabras, la idea permanece vigente. Porque la educación nunca ha consistido únicamente en transmitir información. Siempre ha consistido en formar personas capaces de vivir en sociedad y, sin embargo, pareciera que en algún punto del camino confundimos el medio con el fin.


Comenzamos a medir el éxito educativo por el número de egresados, por las calificaciones, por los rankings universitarios o por el porcentaje de empleabilidad. Todo eso importa. Pero ninguno de esos indicadores responde la pregunta más importante: ¿Estamos formando ciudadanos capaces de construir un mundo mejor?

Finlandia entendió algo que muchos seguimos olvidando Cuando aparecen los resultados de las evaluaciones internacionales, Finlandia suele ocupar un lugar privilegiado en la conversación. Durante años se habló de sus buenos resultados en las pruebas PISA de la OCDE. Sin embargo, reducir el sistema educativo finlandés a sus calificaciones sería perder de vista lo verdaderamente importante. Su filosofía educativa nunca fue producir estudiantes perfectos. Fue formar ciudadanos capaces de aprender durante toda la vida. En Finlandia, la confianza ocupa un lugar central. Los maestros gozan de una enorme autonomía profesional.


El aprendizaje colaborativo tiene tanto valor como el individual. El bienestar de los estudiantes no se considera un lujo, sino una condición necesaria para aprender. Y la educación no se entiende únicamente como preparación para el mercado laboral, sino como preparación para la vida democrática, la convivencia y la participación ciudadana. No significa que el sistema sea perfecto. Ningún sistema lo es. Pero nos recuerda algo fundamental: La educación de calidad no solo transmite conocimientos; también construye comunidades.


El mercado laboral ya empezó a cambiar… ¿y la escuela? Hace apenas unos años, memorizar información era una ventaja competitiva. Hoy llevamos en el bolsillo dispositivos capaces de responder prácticamente cualquier pregunta en segundos. La inteligencia artificial redacta textos, traduce idiomas, genera imágenes, programa software, analiza datos y automatiza tareas que hace poco parecían exclusivamente humanas. Entonces surge una pregunta inevitable. Si una máquina puede hacer cada vez más cosas técnicas… ¿Qué seguirá haciendo indispensable a una persona?


El Future of Jobs Report 2025, publicado por el Foro Económico Mundial, ofrece una respuesta interesante. Las habilidades con mayor crecimiento proyectado para los próximos años no son únicamente técnicas. Entre las más valoradas aparecen:


  • pensamiento analítico;

  • resiliencia;

  • flexibilidad;

  • liderazgo;

  • influencia social;

  • creatividad;

  • aprendizaje continuo;

  • curiosidad;

  • alfabetización tecnológica.


Llama la atención que muchas de ellas no pueden enseñarse únicamente mediante clases magistrales o exámenes de opción múltiple. Requieren experiencias. Conversaciones. Trabajo en equipo. Reflexión. Errores. Empatía. Es decir, requieren aquello que nos hace profundamente humanos. Paradójicamente, mientras la tecnología avanza a una velocidad sin precedentes, el mercado laboral empieza a valorar precisamente aquello que las máquinas aún no pueden reemplazar con facilidad. No solo necesitamos mejores ingenieros.

Necesitamos ingenieros capaces de trabajar con personas. No solo necesitamos médicos brillantes. Necesitamos médicos capaces de escuchar. No solo necesitamos empresarios exitosos. Necesitamos empresarios capaces de actuar con ética.


Durante siglos, el conocimiento fue escaso. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido acceso a tanta información. La UNESCO estima que el volumen de conocimiento disponible crece a un ritmo acelerado gracias a la digitalización, la investigación científica y la conectividad global. El reto ya no consiste únicamente en acceder a la información. Consiste en distinguir la evidencia de la desinformación. En desarrollar pensamiento crítico.


En aprender a dialogar con quienes piensan diferente. En construir criterio propio. Quizá por eso el profesor y escritor Yuval Noah Harari escribió que una de las habilidades más importantes del siglo XXI será la capacidad de reinventarse constantemente. Porque los conocimientos técnicos cambiarán. Las profesiones cambiarán. Incluso muchas de las carreras que hoy existen podrían transformarse profundamente en las próximas décadas.


Pero la capacidad para aprender, adaptarse y colaborar seguirá siendo indispensable.

La educación también debería enseñarnos a fracasar. Existe otra habilidad que rara vez aparece en los planes de estudio. Fracasar. Desde pequeños aprendemos que equivocarse significa perder puntos. Que fallar es sinónimo de incapacidad. Que el error debe evitarse. Sin embargo, la ciencia, el emprendimiento y la innovación cuentan una historia completamente distinta. Thomas Edison realizó miles de intentos antes de desarrollar una bombilla comercialmente viable. James Dyson construyó más de cinco mil prototipos antes de fabricar la aspiradora que cambiaría su industria. Los avances científicos suelen estar precedidos por años de experimentos fallidos. Los emprendedores exitosos hablan con naturalidad de empresas que nunca funcionaron. ¿Por qué seguimos educando como si el error fuera algo que ocultar?


Quizá porque seguimos confundiendo la evaluación con el aprendizaje. Cuando un estudiante entiende que equivocarse forma parte del proceso, deja de aprender para evitar el fracaso y comienza a aprender por curiosidad. Y pocas fuerzas transforman tanto a una persona como la curiosidad.


Imagina que vuelves a encontrarte con tus compañeros de universidad dentro de dos décadas.

Probablemente muy pocos recuerden la calificación que obtuvieron en Estadística o el promedio con el que egresaron. Pero sí recordarán al profesor que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. La conversación que cambió su manera de ver la vida. El compañero que los escuchó durante un momento difícil. La oportunidad que alguien les dio cuando aún no tenían experiencia. Esos momentos también fueron educación. Aunque nunca aparecieron en el programa de una materia.


Existe una universidad en la que todos estamos inscritos desde que nacemos. No entrega títulos. No organiza ceremonias de graduación. No tiene rector. Se llama vida. Y ahí las materias son distintas: Empatía, paciencia, humildad, perdón, resiliencia, servicio, gratitud. No hay exámenes escritos.

Las evaluaciones llegan disfrazadas de pérdidas, cambios inesperados, decisiones difíciles, errores, relaciones y oportunidades y, curiosamente, son esas lecciones las que más terminan definiendo quiénes somos.


Tal vez la pregunta siempre estuvo mal formulada Durante años les hemos preguntado a los jóvenes: ”¿Qué quieres estudiar?” Quizá deberíamos comenzar a preguntarles algo diferente. ¿Qué problema del mundo te gustaría ayudar a resolver? Porque una profesión es una herramienta. Nunca debería convertirse en un propósito. Un médico no estudia únicamente para obtener un título. Estudia para aliviar el sufrimiento. Una maestra no enseña únicamente contenidos. Forma generaciones. Un ingeniero no diseña únicamente estructuras. Construye soluciones para mejorar la vida de otras personas. Cuando el propósito desaparece, la profesión corre el riesgo de convertirse únicamente en un empleo. Y cuando el propósito aparece, incluso el trabajo más cotidiano adquiere un significado distinto.


Quizá algún día dejemos de preguntar únicamente cuántos estudiantes se graduaron. Y comencemos a preguntar cuántos aprendieron a convivir. Cuántos desarrollaron pensamiento crítico. Cuántos comprendieron que el liderazgo no consiste en tener poder, sino en asumir responsabilidad.


Cuántos salieron con la convicción de que el conocimiento cobra sentido cuando se pone al servicio de los demás. Ese día, probablemente, la educación dejará de ser vista como una fábrica de profesionistas. Y volverá a convertirse en lo que siempre debió ser: un espacio donde aprendemos a ser humanos. Porque el mundo necesita más médicos, más ingenieras, más científicas, más abogados, más emprendedores. Pero, sobre todo, necesita personas capaces de escuchar antes de juzgar. De dialogar antes de dividir. De construir antes que destruir. De servir antes que presumir.


Porque un título puede abrir una puerta. Una habilidad técnica puede conseguir un empleo. Pero el carácter es lo que determina qué hacemos cuando nadie nos está observando. Las grandes sociedades no se construyen únicamente con personas brillantes. Se construyen con personas íntegras. Y quizá ese sea el mayor desafío educativo del siglo XXI. No formar únicamente a quienes harán funcionar el mundo, sino a quienes serán capaces de hacerlo más humano.


Referencias

  1. Collaborative for Academic, Social, and Emotional Learning. (2024). What is SEL? https://casel.org, Julio 2026

  2. Durlak, J. A., Weissberg, R. P., Dymnicki, A. B., Taylor, R. D., & Schellinger, K. B. (2011). The impact of enhancing students’ social and emotional learning: A meta-analysis of school-based universal interventions. Child Development, 82(1), 405–432., Julio 2026

  3. Gallup. (2025). State of the Global Workplace 2025, Julio 2026

  4. OECD. (2023). PISA 2022 Results (Volume I): The State of Learning and Equity in Education. OECD Publishing, Julio 2026

  5. Organización Mundial de la Salud. (2023). Mental health of adolescents, Julio 2026

  6. UNESCO. (2024). Global Education Monitoring Report 2024/25, Julio 2026

  7. World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025, Julio 2026

  8. World Happiness Report. (2025). World Happiness Report 2025, Julio 2026


 
 
 

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